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La reestructuración productiva y política
es prácticamente un hecho; el avance en el descubrimiento
de sus consecuencias, no solamente para el reducido mundo fabril
y del obrero en su dimensión socioeconómica, sino
para la comunidad y la familia requiere de conocer cómo los
sujetos interpretan la propuesta modernizadora, es decir en cómo
se apropian culturalmente de las formas de colonización material
y valorativa impuesta, desde lo global hacia el nivel local. Para
esto, partimos de concebir a lo local como una construcción
de valores, ideologías (Signorelli, 1994), identidades y
diferencias en un espacio territorial determinado, concebido como
pequeño (Benedict, 1980), en donde los actores sociales viven
su realidad cotidiana insertos en un entramado de significaciones
que ellos mismos han creado (Geertz, 1995) formando una cultura
de la localidad. Es decir, culturas locales que presentan resistencias
y aceptaciones a la imposición de nuevos valores sociales
y que toman formas particulares. Por lo tanto, existen culturas
petroleras, más que una única cultura petrolera. Se
trata de una amalgama de lo global (la industria petrolera, determinada
tanto por los mercados internacionales como por las políticas
nacionales de desarrollo), lo nacional como la reforma del sistema
político y las culturas locales definidas como complejos
socioculturales de factores étnicos, políticos y religiosos
que conforman sistemas de creencias e identidades complejas; relaciones
sociales circunscritas a una escala humana (Isunza, 1999).
Así el objeto construido es resultado de suponer
que existe empíricamente una cultura petrolera, que es un
encuentro entre las culturas locales y regionales con los procesos
de reestructuración de la industria petrolera y de reforma
del sistema político, y que teóricamente constituyen
una comunidad imaginada, con un discurso legitimador con acciones
de contrasentido al mismo. Por otra parte, los subsupuestos también
generan opciones metodológicas definidas:
a) El entendimiento de las etapas de los procesos
de colonización requiere sin lugar a dudas de una perspectiva
histórica de formación de la clase en la región
(Thompson E.P., 1977, 1979, 1993). El recorte en el tiempo (1988-2000)
se refiere a dos sexenios presidenciales, en donde prácticamente
se arrancan y consolidan los procesos de recomposición de
la fuerza de trabajo petrolera (despidos, recontrataciones, etc),
se disminuye sustancialmente el poder sindical y se dan los pasos
para la privatización de la petroquímica, a nivel
nacional; en tanto que a nivel local y regional, coincide con la
fundación del municipio de Nanchital de Lázaro Cárdenas
del Río, las primeras victorias de la oposición (PRD)
a nivel federal (diputado por mayoría en el Distrito Coatzacoalcos
en 1997) y, además de cerrar con el término de los
primeros gobiernos municipales perredistas en Coatzacoalcos8 y Minatitlán
en el 2000.
b) Pensar en la incorporación de formas habituales requiere
de una perspectiva antropológica de observación directa
de las mismas.
c) Es de mucha utilidad heurística una perspectiva interpretativa
(Geertz, 1995) que permita encontrar las formas en que se trasmiten
significados del interior de los fabril a la familia y a la comunidad,
a través del trabajador, y viceversa.
d) Se requiere de un trabajo hermeneútico comprensivo para
el análisis de los elementos que conforman la idea de nación,
a través de los discursos de legitimación (la nacionalización
de la industria petrolera), de la ideología entendida como
el significado al servicio de la dominación (Thompson, 1998)
y de la nación como una comunidad política imaginada9
(Anderson, 1993).
Las culturas petroleras como culturas locales.
En un entorno en reestructuración a nivel
de su principal fuente de ingresos de la población nanchiteca,
la industria petrolera, resulta importante pensar en la viabilidad
en este contexto de las instituciones que han mediado los procesos
de cambio de una manera menos violenta (sindicato, municipio, círculos
istmeños) y en la existencia de cambios en la cultura local
(política, laboral, étnica).
Si bien la definición política que
compartían los petroleros en su manera de pensar la gestión
pública, de vivirla y sentirla existen importantes cambios
pues el empleo asegurado y mejoramiento social constante que eran
algunos de los beneficios económicos que los trabajadores
cambiaron por sus derechos civiles y políticos a las dirigencias
sindicales posteriormente a la nacionalización de la industria
están actualmente muy limitados. El intercambio del voto
por la esperanza de la planta en Pemex se ha trastocado como parte
de la reestructuración del orden político y de la
reestructuración de las relaciones laborales en Pemex.
Las instancias de intermediación cada vez
son más ineficaces. En este sentido la sección 11,
fue un caso paradigmático de corporativismo con la presencia
de Francisco “Chico” Balderas en dos periodos como secretario
general y como primer presidente municipal. Su control de la vida
política y social se realizó a cambio de una importante
serie de beneficios materiales que hicieron de Nanchital una localidad
modernizada en cuestión de servicios y en relación
con las condiciones de otras ciudades cercanas. Actualmente el PRI
gobierna aún el municipio pero las difíciles condiciones
en donde el sindicato no es creador directo de empleos o gestor
de prestaciones sociales no garantiza su permanencia o al menos
una legitimidad plena como en el pasado reciente. Existen cambios
importantes, como ejemplo, los resultados en el sur de Veracruz
en las elecciones internas del PRI dieron como vencedor a Roberto
Madrazo con 71,000 votos frente a Francisco Labastida quien obtuvo
52,000 (Semanario Sotavento, 1999: 16).
Por otra parte, junto con las viejas formas corporativas
de control de la fuerza de trabajo se estableció en las regiones
petroleras una manera de pensar y concebir el trabajo que se apoyaba
en el imaginario de una industria de todos los mexicanos. Lo cual
llevó a considerar a los trabajadores petroleros como propietarios
de su plaza de trabajo y por tanto poseedores de una herencia que
trasmitirían a sus hijos. A la vez se formó una manera
irresponsable de abordar los problemas cotidianos del trabajo, en
donde el “paso petrolero” (hacer las cosas con lentitud
excesiva) o el “correr vela” (dejar transcurrir el tiempo
para que se acabe la jornada haciendo lo menos posible) se convirtieran
en una caracterización de una cultura laboral que finalmente
representaba la posibilidad de que los líderes no tuvieran
vigilancia alguna sobre sus actos en tanto ellos tampoco vigilaran
los actos de sus representados. Era una forma de obtener legitimidad
que, para el caso de los ferrocarrileros, se denominó como
“consenso complice” (Leyva, 1990). Con los recortes
masivos y la introducción de nuevas filosofías de
la producción (calidad y eficiencia), así como el
Acuerdo para una Nueva Cultura Laboral es importante reconocer si
existen modificaciones en este sentido y que sectores de trabajadores
petroleros, por generación podría ser, están
conformes con una nueva política de ascensos basadas en las
competencias laborales más que en la antigüedad, más
en la capacitación que en los compadrazgos.
En este contexto, cabe preguntarse en el contexto
de cambios si las organizaciones fundamentadas en aspectos étnicos
de identificación siguen siendo elementos que permitan la
vigencia de una cultura petrolera nanchiteca. La organización
de los festejos cívicos más importantes de la localidad,
El 18 de marzo (expropiación petrolera) y el 20 de marzo
vísperas del natalicio de Juárez, así como
la fiesta religiosa del patrono Nicolas Di Bari están en
manos del Círculo Social Oaxaqueño Lic. Benito Juárez,
que es representativo de la comunidad. Baldares supo aprovechar
estas formas de asociación para estructurar su control sobre
la comunidad nanchiteca y actualmente permanecen como grupos importante
de influencia en donde el tercer elemento el étnico parece
ser el de mayor permanencia en las formas tradicionales que definen
a una cultura local.
De esta manera el entendimiento de las culturas locales
nos refiere a un objeto complejo, compuesto por las estructuras
significativos de diversos ámbitos (lo político, lo
laboral y lo étnico en los puntos que convergen) en donde
los procesos de reestructuración productiva y política
las atraviesan modificándolas en los espacios concretos de
lo local, aunque los sentidos que conllevan –los procesos-
trascienden este nivel. El problema de las culturas petroleras es
el problema de las culturas locales acotadas a una industria que
las define, en donde los actores políticos y sociales están
relacionadas con los intereses de la misma sean -sindicalistas,
trabajadores u organizadores de festejos cívicos-. Es decir
que su conocimiento no se puede restringir al acercamiento con los
trabajadores industriales sino a otros actores que comparten la
misma espacialidad y otras estructuras de significado: un trabajador
petrolero es un ciudadano que vota pero puede ser que asista al
círculo istmeño, participe en el sindicato y/o en
alguna asamblea de su colonia. Razón por la cual la unidad
de estudio no puede restringirse al trabajador, sino a su familia
y a la comunidad en extensión. En la perspectiva de encontrar
las formas en que se estructuran las relaciones sociales que constituyen
la sociedad y que si bien son elaboradas por las acciones de los
sujetos inmersos en la estructura son estas, a su vez, esta estructura
limita la acción de los mismos. Se considera pues a las posibilidades
de la existencia de la comunidad petrolera como una estructuración
de relaciones sociales, en un juego multidireccional de interacción
y en un modelo de relaciones entre estructuras limitantes de la
acción o acción sin estructuras. En términos
específicos lo que importa observar para el abordaje de las
culturas petroleras como culturas locales son: 1.- El sujeto petrolero,
el trabajador en su relación con los poderes productivos
(organizacionales y de proceso laboral) y sindicales; 2.- Su familia,
como receptora, apropiadora y semantizadora de los significados
importados del espacio fabril al hogar; y 3.- La comunidad considerada
en dos niveles: a) como un conjunto de relaciones sociales inspiradas
en el sentimiento de pertenecer a un todo10 (Lomnitz, 1994) y, b)
como el espacio de reproducción material y simbólica
del trabajador y su familia en un contexto urbano11.
8 Aclaramos que Coatzacoalcos no será
parte de nuestra investigación de campo, pero por ser la
ciudad regional más grande es difícil obviarla, tanto
histórica como referencialmente, al explicar los procesos
en este nivel espacial.
9 Como ejemplo es interesante pensar los puntos de encuentro entre
lo nacional, la industria petrolera como la “nación
petrolera” (determinada por los mercados internacionales)
y su discurso legitimador nacionalista-revolucionario y lo local-regional,
las festividades y tradiciones zapotecas como expresión transístmica
de la “nación zapoteca”.
10 En un sentimiento de identitario del “ser” en plural:
“somos nanchitecos”, “somos minatitlecos”,
“somos zapotecos”, “somos petroleros”. Pero
también como expresión de diferencia y desprecio hacia
los “otros”, hacia lo rural y étnico frente a
lo urbano e industrial: “los tecos”, ”, “los
minati-tecos”, “los de ranchital”.
11 En el entendido de que el trabajador no es un ser que incorpore
al mundo simbólico del trabajo (Reygadas, 1998b) sólo
al tomar la investidura de obrero en el espacio de la fábrica,
sino que los lleva en su corporeidad a los espacios de la colonia,
el barrio y el hogar (Nieto, 1998).
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