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Por eso cuando uno acerca la mirada a la vida
social generada en torno a la hacienda, observa cómo
la parte ritual, mágica o sobrenatural de la vida permean
el quehacer ganadero. Se ve así a aparecer a vaqueros
que invocan al pájaro carpintero para encontrar al
ganado; a mulatos que en compañía de indígenas
participan de un ritual de iniciación de un recién
nacido, quemando copal y ofrendándolo en los cuatro
puntos cardinales de un corral, o la creencia de vaqueros
que tienen pacto con el demonio para poder capturar mayor
número de reses.
Y es que el trato con lo sobrenatural o con lo muy terrenal
estuvo presente en toda la historia colonial de Veracruz,
y las prácticas sagradas de los africanos y de los
indios fueron muy socorridas y no perdieron vigencia ni efectividad,
a pesar del celo de las políticas virreinales. Así,
la distinción entre magia blanca y magia negra fue
una distinción introducida por los europeos y a los
que tanto negros como indios eran ajenos. Y esto no significa
que éstos no estuvieran claros de que ciertas prácticas
podía perjudicar o beneficiar a un individuo. Para
unos y otros la magia y la medicina, tanto en su manera de
operar como en su conceptualización son esencialmente
ambivalentes; al tiempo que acarrean bienestar y seguridad
al paciente, a menudo inflingen grave daño a un tercero.13
Por tanto, no resulta casual, ver vinculada la expresión
musical – que en un primer momento forma parte del sacrificio
a la divinidad14 – con
el ritual, la magia, la hechicería o la brujería
– es decir, con aquello que los inquisidores designaba
con tales términos. Sería necesario ver en qué
medida los documentos conservados en el Archivo General de
la Nación pueden ilustrarnos sobre la manera en que
los propios inculpados designaban aquello que se les imputaba.
El estudio del fandango jarocho ha descuidado el aspecto ritual
de la fiesta que, por estar tan diluido en nuestros días,
dificulta el considerar que alguna vez existió, vinculado
a ritos agrarios, a experiencias extáticas referencias
al contacto de lo humano con lo sagrado, como se alcanza a
entrever por los temas de sones como el Pájaro carpintero,
El Cascabel o Los Enanitos. Por lo pronto, esa parte mítico-mágica
indígena se hace presente a través de los chalecos
y naguales, en los encantos –donde el tiempo se arrastra
lastimeros para casi no avanzar -, o en Homshuk, niño
dios del maíz que con su jarana primera o mosquito
hace enojar al dios yaro. La aportación africana (muy
difícil de documentar) y la española merecen
ser estudiadas.
V
En una recopilación de la versada de
El Vale Bejarano15 publicada
en 1979 y reconstruida por gente que convivió con él
en los últimos años de su vida, se menciona
el nombre de Don José Julián Rivera, ganadero
de la región de Alvarado de quien se cuenta descubrió
una noche, gracias a la intervención de un amigo, que
su mujer era una bruja que por las noches se quitaba la piel
y salía volando al Puerto de Veracruz. Al descubrir
a tan maligna mujer, el marido optó por esparcir sal
en la piel que la bruja había dejado, al iniciar su
vuelo nocturno; misma que al regresar de sus correrías
nocturnas y vestirse de nuevo con aquella piel humana empezó
a producirle tal ardor que la mujer empezó a gritar,
revolcándose del dolor. El marido entonces, intentó
aprovechar ese momento para matarla, pero la presunta bruja,
logró transformarse en vaca, perdiéndose entre
las demás reses del ganado.16
Por eso contaba el Vale Bejarano, se le empezó a cantar
José Julian Rivera dos coplas que hoy forman parte
de la versada clásica del son del Toro Zacamandú:
| En la Hacienda del horcón |
Una mujer se hizo vaca |
| Hay una vaca ligera |
por ver si me revolcaba |
| Que dice que la regala |
Y yo de verla tan flaca |
| Don josé julián Rivera |
desde lejos la toreaba. |
La historia oral recabada en este “anecdotario
poético del vale bejarano ha conservado y plasmado
en el son jarocho la creencia en estas prácticas mágicas
o hechiceriles de las que hemos alusión anteriormente,
tan vivas en la Colonia y en la que indios y afromestizos
fueron actores principales, identificados como brujos, hechiceros,
curanderos, adivinos y/o supersticiosos.
Pero la definición del término
bruja era ambiguo en tiempos de la colonia17
, pues englobaba, según el juicio de los eclesiásticos,
una serie de actividades (hasta cierto punto cotidianas) y
socialmente aceptadas por quienes la utilizaban o practicaban
y con un pervivencia histórica importante tanto para
indios como para africanos) que iban desde las curanderas
tradicionales hasta maléficas mujeres que tenían
pacto con el demonio; desde aquellas que leían la mano
y predecían el futuro o las que preparaban pócimas
de amor y/o provocaban impotencia sexual. Poco importaba si
el trabajo de estas personas estuviera orientado, según
los denunciantes a curar alguna enfermedad o a producirla;
lo que interesaba a los inquisidores era la mayor o menor
desviación a la ortodoxia de la práctica religiosa
cristiana.
Y es que no hay que olvida que cuando nos enfrentamos
ante términos que implican un juicio de valor (en este
caso vinculados a Dios – personificación del
bien supremo, y al diablo – personificación de
la maldad) ha de considerarse la posición social y
el utillaje mental de quien juzga. Como bien lo señaló
Sigmund Freud18 cuando un pueblo
es vencido por otro, inmediatamente sus dioses pasan a ser
la personificación del mal, y el pueblo conquistador
intenta desterrarlos del cuerpo de creencias de la gente,
imponiendo su propio panteón de dioses. Este señalamiento,
resulta importante, en tanto nos remite al interés
por interpretar cada uno de los actos que son juzgados, dentro
del contexto de los enjuiciados y no sólo de los que
enjuicia. Es decir, en el caso concreto de la Nueva España,
es muy probable que tras la designación de lo maligno
y lo diabólico utilizada por los españoles,
estén latentes, en las prácticas denunciadas
como hechiceriles supersticiosas o maléficas por parte
de indios, africanos o afromestizos, creencias más
antiguas vinculadas a deidades precristianas o a ritos, actitudes
y comportamientos más o menos, contaminados que puedan
dar idea de la cultura de los pueblos que participaron en
la aventura civilizatoria generada por la conquista de América.
Cuando los españoles llegaron a tierras
americanas estaban obsesionados por descubrir todo lo diabólico
que hubiera y desterrar. Y es que personajes tan importantes
como el obispo Zumárraga y Fray Andrés de Olmos
habían intervenido, antes de llegar a la Nueva España,
en la persecución de brujas de Vizcaya y Navarra.19
Así que cuando en nuestra historia vemos aparecerla
alusión a brujas que abandonan la piel humana y que
vuelan por las noches, vale la pena preguntar se ¿hasta
que punto fueron ideas transplantadas de Europa a América,
como producto de la intensa cacería de brujas ocurrida
en Europa entre los siglos XIV y XVII?, además de cuestionarse
¿qué posibilitó su inserción en
el imaginario social20 de los
habitantes de la Nueva España? ¿Qué manifestaciones
adquirieron estas representaciones sociales?
13.- Gonzalo Aguirre Beltrán,
Obra Antropológica XVI, CIESAS-FCE, México,
1994, p.116.
14.- Aunque pueda pensarse
que sólo los indios o afros realizaban estas prácticas,
en 1716 un español llamado Manuel Ángel fue
denunciado por realizar curaciones supersticiosas que lograba
usando el peyote, la Rosa María, el estafiate y, al
mismo tiempo, tocaba la guitarra y el ravel.
15.- Don José Piedad
Bejarano, “El Vale” fue un reconocido repentista,
nacido en Alvarado, por los años sesenta del siglo
pasado y muerto el 29 de junio de 1929.
16.- Alejandro Hernández
Zamudio, Anecdotario poético del Vale Bejarano, Editorial
Hera, Veracruz, 1988
17.- <<La hechicería,
el maleficio, el embuste supersticioso son denominaciones
que recibe por tales años la magia negra; forma de
actividad que manipulaba las fuerzas de la naturaleza con
fines aviesos, encaminadas a destruir el orden establecido
por la conquista y la esclavitud. >> Gonzalo Aguirre
Beltrán, Op Cit, p. 117.
18.- Sigmund Freud, Sobre
una posesión demoníaca, en Obras Completas,
Tomo XIX, Amorortu editores, Buenos Aires, 1976.
19.- Alfredo López
Austin, Tres recetas para un aprendiz de mago, Revista Horasca,
num. 47, p. 21.
20.- Entiendo por imaginario,
una serie de conceptos y valores más o menos extensibles
a una colectividad que les permiten a cada individuo elaborar
de manera conciente o no, representaciones mentales del mundo
y establecer una relación causa-efecto de los acontecimientos
ocurridos en su vida diaria.
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