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III
Los trabajos que en México se han encargado
de reunir las diversas manifestaciones del son jarocho9
adolecen de un estudio sistemático que intente ir más
allá de la simple descripción - y en el mejor
de los casos están señalados, para dar fundamento
a la tradición de la región sotaventina, para
mostrar la esencia inmutable de un pueblo.
Ciertamente hay que reconocer que superar la
mera descripción en lo referente a la forma de los
bailes, los temas de los sones, las advocaciones o las raíces
del fandango es bastante complicado: la documentación
es escasa y la tradición oral que ha sufrido transformaciones
notables -la última de ellas y quizá la más
decisiva, ocurrida entre los años cuarentas y setentas-
complican aún más el panorama.
Este trabajo no se propone desentrañar
las raíces profundas de algunos sones que integran
el repertorio del son jarocho, sino que intenta ser un primer
acercamiento a los motivos, las creencias y las prácticas
sociales, vertidos en la versada jarocha; que vinculan a esta
historia musical con una historia social de más largo
aliento, así como dejar planteadas algunas de las exigencias
de la problemática del estudio de la cultura popular
del sur de Veracruz, con la intención de ser desarrolladas
en próximos trabajos.
Entiendo por imaginario social una serie de
conceptos y valores (concientes e inconscientes) que en mayor
o menor medida son comunes a un conglomerado social y que
posibilitan a cada individuo construir una relación
causa efecto de los acontecimientos del mundo que los rodea.
IV
La primera mención de la que se tiene
noticia del son jarocho es del año 1695 en una acusación
contra unos mulatos de San Juan Michapa10
por saber conjuros y cantar sones jarochos.11
Pero el que sean mulatos cercanos a la cuenca del río
San Juan los vincula con el primer testimonio a esta expresión
musical sotaventina no es casual. El término jarocho
fue utilizado, en un primer momento, de forma despectiva para
designar a las diversas castas con predominio africano, que
se desempeñaban en la caza y conducción del
ganado; labor que desempeñaban auxiliándose
de varas punteadas, las jaras, con las que picaban al ganado,
de donde les viene el nombre de Jarochos.
La llegada del contingente africano a la Nueva
España se experimentó con gran intensidad entre
los años 1595 y 1640, en el caso de Veracruz, y más
en concreto en el sur de Veracruz estuvo vinculada con el
trabajo de vaqueros en las haciendas ganaderas de la región.
Pero hay que cuidarsede pensar que en la etapa colonial Veracruz
estuvo plagado de población africana. Si bien es cierto
que hacia el norte de Sotavento, el fenómeno del cimarronaje
(esclavos que huían de las haciendas azucareras del
valle de Córdoba y Orizaba) se habís incrementado,
al grado de formar poblaciones (palenques, quilombos, mocambos)
con nombres africanos como Mandinga, Matamba, Mozambique,
Angola, Cerro Congo, Lizamba o Yanga, hacia el sur se obserba
que ya desde finales del siglo XVII y durante el siglo XVIII
es una modesta población africana12
que contrastaba con el gran número de afromestizos
que viven en la región, que al convertirse muy pronto
en mano de obra barata y dependientes económicamente
del hacendado, hicieron inútil la importación
masiva de africanos que eran muy caros y ofrecía siempre
el riesgo de muerte prematura o de su huída hacia la
sabana y la sierra.
Fueron estos afromestizos, mejor conocidos
como pardos y mulatos quienes trabajaron en las haciendas
ganaderas que se extendieron entre las márgenes del
río Tonalá en el actual estado de tabasco y
el río del Papaloapan: La Estanzuela, Nopalapa, Uluapa,
Solquautla, Cuatotolapan, santa Catarina, santo Tomás,
El Zapotal y Corral Nuevo, siendo este contingente mestizo,
el actor principal de la vida social de la región.
Así la hacienda ganadera marcó
el pulso de la vida social de las comunidades indias y afromestizas
del sur de Veracruz, en algunos casos desapareciendo comunidades
indias, en otros refundando pueblos abandonados con población
mestiza; y en las más de las veces, obteniendo de las
comunidades mano de obra esclavizadas por deudas, que trabajaba
para los hacendados en el transcurso de generaciones. De aquella
problemática social han llegado testimonios de los
litigios por la tierra, por la posesión de ríos
y de bosques que las comunidades sostuvieron con las haciendas
ganaderas como fue el caso de Minzapan, pajapan, Acayucan,
Chacalapa, Acayucan, Ixhuatlan y Moloacan, por mencionar solo
algunas.
Pero en medio de esa tensión, la hacienda
ganadera también fue un espacio de intercambio social
– lo que no significa de ningún modo pacífica
o no violento – sobre el cual se configuró la
cultura jarocha. Cuando se estudia la hacienda ganadera, superando
el criterio estrictamente económico, ampliando los
horizontes de la investigación, se ve emerger un alto
grado de agitación social y de intercambio cultural
desarrollados en los espacios de vida y, es entonces, cuando
el aspecto económico y productivo de la hacienda (tan
estudiado en México) se combina con el ámbito
social-cultural que generó en el caso del sureste veracruzano
formas y estilos de vida con sus mercados y ferias, corridas
de toros, cancioneros, dichos y refranes, creencias, mitologías,
fandangos, tonadas y vestimentas.
9.- Gabriel Saldivar y Silva. Refranero
musical mexicano. UAM .Ediciones Guernika; Vicente Mendoza.
Panorama de la música tradicional en México.
IIE; Humberto Aguirre Tinoco. Sones de la tierra y cantares
jarochos. Premia editorial; Rubén Campos. El Folklore
y la música mexicana. Talleres Gráficos de la
Nación; Como peje en marea. Dirección regional
de Acayucan-Culturas populares; por sólo citar algunos.
10.- Este río es un afluente del
Papaloapan que baja hasta las cercanías de Acayucan
y funciona durante la colonia como la más importante
vía de transporte fluvial que unía al sur de
Veracruz con el altiplano central y con Oaxaca; fundándose
en el final de su curso una población conocida como
Paso de San Juan que funcionó como un importante centro
de intercambio comercial hasta la primera decena del siglo
XX.
11.- Antonio García de León.
La isla de los tres mundos.. En La jornada semanal, 24 de
Marzo de 1991.
12.- En este sentido, un dato revelados
lo proporciona el testamento de Juan Bautista Franyutti, el
hacendado más importante de la región hacia
mediados del s. XVIII, el cual declaró poseer sólo
tres esclavos, entre ellos, dos mujeres que se desempeñaban
en tareas domésticas.
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