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En la década de los años noventa los
estudios en la sierra se multiplicaron y aparecieron nuevas temáticas.
Entre éstas ha sobresalido la cuestión ambiental,
la cual se ha abordado desde diferentes perspectivas: el análisis
de las condiciones socio políticas del deterioro ambiental
(Paré et. al. 1992; Velázquez y Paré, 1996;
Paré et. al. 1997); el deterioro productivo y el papel que
en él han tenido algunos programas estatales (Blanco y Cruz,
1992; Blanco, 1999); las percepciones sociales sobre los problemas
ambientales (Lazos, 1997); el rol de la educación ambiental
comunitaria en la creación de compromisos asumidos por los
sujetos sociales locales para detener o impedir la degradación
del ambiente (Soares de Moraes, 1998). Estos estudios se realizaron
básicamente en Soteapan, Pajapan y Tatahuicapan.
En la aparición de la temática ambiental
intervinieron varios factores, entre los que destacan: la llamada
de atención desde la biología sobre la importancia
biológica de la región y las amenazas que sobre ella
se cernían (Ramírez, 1980), la relevancia que el tema
ambiental adquirió en el nivel mundial gracias a las organizaciones
ecologistas, y la declaración de la región como área
protegida por diversos decretos presidenciales. También en
torno a esta temática se produjeron varios trabajos de investigación
participativa, en los que se trató de diagnosticar una situación
particular (deterioro de suelos, empobrecimiento de la dieta diaria,
peligro de extinción de alguna especie vegetal, etc.), a
la vez que se proponían y se echaban a andar algunas posibles
soluciones (Buckles y Arteaga, 1993; Velázquez y Ramírez,
1995; Gutiérrez, Buckles y Arteaga, 1995; Paré y Velázquez,
1997; Blanco, 1997). En otras publicaciones se analizó desde
diversas perspectivas el intento de establecer plantaciones de eucalipto
en las tierras bajas de Pajapan y Tatahuicapan, indicando las repercusiones
negativas que este tipo de cultivo y de relación contractual
entre campesinos e iniciativa privada había tenido en otras
partes del mundo (Paré, 1992, 1993).
Otros temas que se habían tratado en las
investigaciones de la década anterior se siguieron estudiando
en los años noventa, dada su continua importancia. Tal fue
el caso de la ganadería extensiva: su origen y desarrollo
en otras partes de la sierra (Paré, Velázquez y Gutiérrez,
1993; Lazos, 1996; Lazos y Godínez, 1996); su vinculación
con el acaparamiento de tierras comunales (Buckles y Chevalier,
1992; Velázquez, 1995); los conflictos políticos surgidos
al interior de las comunidades indígenas (Velázquez,
1992 y 2000). El papel relevante que los partidos políticos
de oposición empezaron a tener en la arena política
también mereció la atención de algunos investigadores
(Blanco, 1992; Blanco y Sam, 1992; Blanco, 1999). Recientemente
se han empezado a analizar las consecuencias del PROCEDE en algunos
lugares de la sierra (Velázquez, 1999a; Rodríguez,
2000). En nuestro proyecto, algunas de estas líneas de indagación
han sido retomadas, colocando la dinámica de las pequeñas
agriculturas como eje del trabajo colectivo.
La presencia de diversos grupos étnicos en
la región ha sido tematizada también atendiendo a
la dimensión del género. La dinámica de crecimiento
del Istmo se caracteriza, en la parte meridional, por las peculiares
relaciones sostenidas entre los pueblos zapotecos, huaves, chontales,
zoques y mixes. Estas relaciones comerciales, políticas,
religiosas y sociales forman los hilos de la red del tejido social
que define a la región como multiétnica y plurilingüísta.
Dentro de estas relaciones humanas el componente de género
juega un papel muy importante. Las relaciones familiares, incluyendo
la economía doméstica, son la base y el principio
de la organización social de la vida comunitaria. Al interior
de la familia la mujer indígena tiene el papel no sólo
de productora sino de reproductora social de la vida comunitaria.
No obstante la importancia de su rol social al interior de la familia,
la sociedad patriarcal la ha reducido al ámbito familiar
y se la ha excluido de la participación en la toma de decisiones
comunitarias que en ocasiones afectan los ámbitos socioeconómicos
y políticos de la localidad y de su familia. Sin embargo,
esto que es una realidad para muchas familias indígenas,
en el Istmo adquiere otras características entre las zapotecas.
Nadie puede ignorar que el pequeño y mediano comercio esta
en manos de las mujeres zapotecas que son viajeras y maestras de
las relaciones públicas. Son ellas quienes inducen a las
huaves a venderles su camarón, al mejor precio, “para
eso son comadres”. Son las zapotecas quienes prestan dinero
a las zoques y se vuelven acaparadoras del mango en Zanatepec y
Tapanatepec. Son también, quienes llevan joyas a vender a
la zona mixe y quienes arreglan de forma "espiritual"
los problemas sobrenaturales en Huamelula o en Astata con las chontales,
sólo por mencionar algunos ejemplos.
Entre las fantasías que se han desarrollado
sobre la mujer zapoteca del istmo esta aquella que dice que en el
Istmo de Tehuantepec se vive en un matriarcado. No hay tal, pero
ciertamente las mujeres y todo lo que hacen son muy apreciadas por
los hombres y al parecer hay reconocimiento y respeto por su trabajo.
Existe lo que Beverly Chiñas (1975) ha descrito como una
cultura matrifocal donde el hogar se entiende como un núcleo
cuyo eje central es la madre. Sin que esto disminuya, atenúe
o compita con el poder que ejerce el hombre en la sociedad. En el
libro “Juchitán, la ciudad de las mujeres”, de
Veronika Bennholdt-Thomsen (1997), se comenta que las mujeres al
ser cuestionadas dicen que no participan en la política porque
“esa es una perdedera de tiempo”. Será necesario
constatar si esta es una opinión generalizada o existen otros
motivos para su no participación en cargos de elección
y como autoridades y funcionarias públicas.
Las zapotecas, por supuesto, no son las únicas
mujeres de grupos étnicos que existen en el Istmo. Sin embargo,
por ser el grupo mayoritario, a las mujeres zapotecas se las ha
estudiado más. Son muy escasos los trabajos sobre las mujeres
de los otros grupos indígenas del Istmo. Las relaciones inter-étnicas
entre mujeres han significado una serie de intercambios culturales
que van desde el vestido hasta las prácticas para la comprobación
de la virginidad y recientemente el interés que muchas madres
huaves, mixes, chontales y zoques tienen para que sus hijos e hijas
vayan a la escuela porque la consideran como un factor de movilidad
social, que ha sido ejercido por los zapotecas.
En los últimos años, el Programa Progresa
ha sido considerado el programa para las mujeres por excelencia.
Orientado a impulsar la educación, la salud y la alimentación
de la familia, favoreciendo a niñas y mujeres, ha tenido
como objetivo “dar poder a las mujeres”. Sin embargo,
en qué medida las buenas intenciones han permeado la mentalidad
de quienes lo ejecutan en las comunidades, constituye un problema
a analizar. Se puede pensar entre otras cosas que está rompiendo
con el equilibrio que entre hombres y mujeres existe en cuanto a
la toma de decisiones. Al ser las mujeres el blanco del Programa
Progresa, son ellas las “titulares”: quienes reciben
el dinero. El dinero en la zona rural tiene un valor diferente al
que posee en las zonas urbanas y su llegada abre posibilidades de
desarrollo a las mujeres pero también estimula conflictos
al interior del núcleo familiar. Resulta entonces importante
constatar cómo éste ha afectado las relaciones al
interior de la familia y, si lo ha hecho diferencialmente entre
los zapotecos, mixes, chontales, zoques y huaves, qué consecuencias
puede esto tener a corto, mediano y largo plazo.
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