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El Istmo oaxaqueño: la polarización entre sierra y tierra caliente

En el aspecto económico cultural, el Istmo oaxaqueño es una región que comparte un pasado común. De acuerdo con Reina y colaboradores (1984), ahí están asentados diferentes grupos étnicos que por lo menos cohabitan desde hace cinco siglos. A la diversidad ecológica, corresponde una diversidad étnica. Actualmente, en la montaña, al noreste de esta región, vive un reducido grupo de zoques con una economía y cultura propia del bosque de los Chimalapas; en esta misma franja de la Sierra Atravesada, pero hacia el oeste, viven los mixes con una economía de montaña media, basada principalmente en el café; en el litoral habitan los huaves y los chontales con una economía básicamente de pesca tradicional o “ribereña”, y en toda la zona centro o planicie están asentados los zapotecas, dedicados a las actividades agropecuarias e incorporados a otras actividades comerciales, industriales o burocráticas. Es el grupo mayoritario y es a través del cual se ha articulado la actividad económica; su actividad ha dominado política y culturalmente la región.

Por lo menos desde la época colonial, estos cinco grupos étnicos han tenido fuertes relaciones comerciales, con un intercambio intenso y diferenciado gracias a los diferentes nichos ecológicos. Desde entonces esta región sureña ha estado vinculada por un mercado intrarregional, con su centro dominical en Tehuantepec, el cual se desplazó después a Juchitán.

Los circuitos comerciales de esta zona se establecen a dos niveles: a) intercambios de pueblo a pueblo y de productor a productor, gracias a los tianguis (mercados indígenas, generalmente semanales) que existen en los poblados y aún en las simples aldeas, donde se efectúan los intercambios locales de productos para consumo inmediato; b) explotación de las zonas indígenas y de sus producciones comercializables (café, tabaco, maderas) a partir de poblados que se encuentran fuera de la zona. Los comerciantes de esos poblados hacen el papel de intermediarios entre el gran comercio y los agentes recolectores. Así, Tlacolula, pueblo de la zona templada, es la base de los comerciantes en café de la zona caliente mixe.

De acuerdo con Revel Mouroz (1980), las pequeñas ciudades de la tierra caliente forman un rosario periférico engarzado por el hilo conductor del ferrocarril, más próximo al estado de Veracruz que al centro de Oaxaca. Tuxtepec, Loma Bonita, Villa Azueta, Isla, Matías Romero, Ixtepec y Salina Cruz, son en este sentido poblaciones “hijas” del ferrocarril.

La evolución demográfica de estos pueblos y ciudades se encuentra marcada por un rasgo dominante: al periodo de crisis que va de 1910 a 1940 (consecuencia de la Revolución, del reparto de tierras y del ocaso de una clase terratenientes, crisis económica y decadencia del relieve internacional del Istmo después de la apertura del canal de Panamá) le sigue inmediatamente un periodo de crecimiento demográfico. Una mejoría de las condiciones sanitarias, descenso de la mortalidad, reanudación de las cotizaciones de productos tropicales, apertura de un distrito de riego, grandes obras en el Papaloapan, y nuevas conexiones camineras, explican esa renovación que, sin embargo, no afecta por igual a los poblados y pequeñas ciudades. La oposición de poblados y pequeñas ciudades que se observa en los años sesenta, corresponde a la oposición entre espacios tropicales abiertos, donde progresa la agricultura comercial y se instalan industrias (ingenios azucareros, fabrica de papel en Tuxtepec, enlatadora de piña en Loma Bonita), y la economía tradicional de los Valles templados y de las sierras.

El patrón de urbanización seguido en el istmo oaxaqueño ha sido en este sentido peculiar. La agricultura pionera implantada en la zona, no ha sido origen de una gran capital regional o simplemente de una gran ciudad. A diferencia de la agricultura pionera que prosperó en el norte de México, donde preponderaron los distritos de riego y una agricultura mecanizada con una producción orientada al comercio, lo cual otorgó a las ciudades un papel central como nodos de crédito, comercio y maquinaria, en el Istmo oaxaqueño por el contrario el poblamiento es más difuso, la agricultura de víveres y de autosubsistencia más importante, y los sectores indígenas más numerosos: todo ello explica la escasa consolidación de los organismos urbanos.

Dada la escasa investigación dedicada a estas ciudades pequeñas, nuestra investigación ahondara en su estudio. Si bien no existe un parámetro demográfico único para caracterizar a una ciudad pequeña, en la región encontramos una serie de ciudades entre las cuales aquella de mayor población, Salina Cruz, apenas superaba los 61 mil habitantes en 1990, situación que la ubica muy por debajo del umbral de los 100 mil habitantes que en México se utiliza para caracterizar a las ciudades medias; al mismo tiempo, se encuentra también la localidad de Lagunas, centro de producción cementera que, para el mismo año, contaba con menos de 10 mil habitantes y cuya actividad económica la conecta con el mercado internacional, una situación similar a la que presenta la ciudad y puerto de Salina Cruz. En una posición intermedia en cuanto al tamaño de su población se encuentran ciudades como Ixtepec, Matías Romero, Juchitán y Tehuantepec, las que en conjunto representan el sistema urbano del istmo oaxaqueño. Cabe señalar que este tipo de ciudades, las denominadas pequeñas, han sido relativamente descuidadas en el análisis antropológico y económico. Sin embargo, ellas son el asiento de una significativa diversidad étnica así como el espacio de actividad de distintos sectores que manifiestan explícitamente su ideal normativo acerca de lo que el Istmo “debe ser”.

 

 


Centro de Investigaciones y Estudios Superiores en Antropología Social
Unidad Golfo
Xalapa, Veracruz, México