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Así, a partir de la crisis económica de 1982, la contracción del intervencionismo estatal y la reorientación de la dinámica de la industria petrolera han suscitado un cambio en la región de gran importancia. Entender las transformaciones de la zona ístmica exige la consideración de los cambios en el escenario supralocal. Como consecuencia del drástico ajuste laboral aplicado al sector energético así como por efecto de las nuevas políticas económicas puestas en marcha en el campo, un nuevo corredor de migración hacia la frontera norte se ha configurado en esta zona. Este corredor atraviesa las planicies costeras del Golfo de México y recoge a su paso a miles de hombres y mujeres jóvenes, trabajadores sin opción productiva en las economías urbana y agrícola del sur de Veracruz y Tabasco. A su lado, miles de trabajadores centroamericanos atraviesan el país para probar suerte en la economía norteamericana.

El origen de este flujo es resultado de la nueva geografía de la producción que comienza a esbozarse en México desde los años ochenta, cuando se adoptan medidas para insertar la economía nacional al proceso de globalización. Al cabo de tres lustros, la nueva política de apertura comercial y reducción de la intervención del Estado en la economía ha modificado los factores de localización del capital y ha reubicado los espacios de demanda de fuerza de trabajo.

La nueva geografía de la producción redefine la composición sectorial y territorial del mercado de trabajo. Luego de un periodo de crecimiento basado en la exportación de hidrocarburos y de una severa recesión producida por el derrumbe del precio del petróleo (1976-1986), una década (1987-1997) de medidas de liberalización reestructura el mercado laboral mexicano produciendo un severo cambio en los equilibrios que habían surgido al cabo de tres décadas de industrialización protegida (1945-1975).

Durante tres décadas (1955-1985), el sur de Veracruz experimentó —como otras regiones del país— una notable expansión económica, la cual generó una infraestructura, un orden urbano, un proletariado y una nueva clase media. Pero junto a ello, esta ola de crecimiento también suscitó una peculiar especificación productiva la cual estuvo marcada por un significativo deterioro ambiental. En el umbral del siglo XXI, es necesario reconocer que esta región del Golfo no sólo proporcionó —y sigue proporcionando— energía y materias primas a la economía nacional, sino que ello implicó un costo que ahora constituye una limitación para su desarrollo futuro. Los llamados pasivos ambientales tienen que ser asumidos por alguien. En el curso de los últimos años, el saneamiento de las finanzas públicas ha repercutido en el abandono de un conjunto de dispositivos —instalaciones y equipos industriales— y ello ha vuelto más vulnerable a la región.

Por esa razón, la dimensión territorial tiene una significación especial en nuestro análisis. Los cambios en la estructura productiva son al mismo tiempo cambios en la organización espacial. De este modo, por ejemplo, áreas urbanas que en los años 70 y 80 habían mostrado un crecimiento demográfico relativamente alto, manifiestan ahora situaciones de estancamiento e incluso expulsan fuerza de trabajo, evidenciando con ello que la reestructuración productiva posee asimismo un impacto en la distribución espacial de la población.

La reestructuración que experimenta el sistema productivo en México desde hace casi dos décadas, y los cambios paralelos en los modos de regulación social e institucional, definen un nuevo contexto en el cual situar las profundas transformaciones del empleo y el territorio. Ahora bien, apreciar la novedad de ese contexto reciente exige determinar los rasgos del periodo anterior. El cambio en el régimen de acumulación supone cambios tanto en la forma en que los trabajadores se articulaban con las unidades económicas (modalidades sociales de inserción en el proceso de reproducción global), como también en la distribución sectorial y territorial del esfuerzo productivo. La apertura comercial ha repercutido en los mercados de trabajo; la población trabajadora se desplaza hacia donde el capital la demanda. Asistimos de hecho al surgimiento de una nueva división espacial del trabajo la cual se instaura no sin resistencias: los diferentes territorios reaccionan de forma variable al impacto de los procesos globales en función de las estructuras (económicas, sociodemográficas, políticas, espaciales) heredadas por el proceso histórico y en función de la capacidad de iniciativa mostrada en cada región.

La fase actual de acumulación capitalista flexible está significando una agudización de las presiones sobre los recursos naturales, provocando degradación, escasez y privaciones sociales, todos factores propicios para el desarrollo de conflictos. La economía capitalista que emergió de la profunda y larga crisis que despuntara al comienzo de los años setenta, es más agresiva y flexible. El sector energía y las áreas con reservas naturales aun no explotadas a gran escala, están siendo penetradas y transformadas mas o menos aceleradamente.

Comprender este proceso exige considerar el debate que sostienen urbanistas, geógrafos y economistas en relación al nuevo ordenamiento territorial que se está produciendo en México como consecuencia de las medidas de apertura comercial, entrada masiva de capital extranjero, privatización de empresas paraestatales y modernización de la planta productiva. En el debate se ha puesto de manifiesto que la alteración de la estructura territorial del proceso productivo sólo puede explicarse considerando las transformaciones acumuladas en el periodo anterior. De ahí que, en nuestro proyecto, la comprensión de la dinámica regional actual –objetivo central de estudio- parta del conocimiento adquirido en torno los procesos de estructuración del espacio productivo

 

 


Centro de Investigaciones y Estudios Superiores en Antropología Social
Unidad Golfo
Xalapa, Veracruz, México