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El futuro del trabajo: una cuestión antropológica.
Por Dr. Saúl Horacio Moreno Andrade - Investigador del CIESAS Golfo - México
Correo electrónico: saulhoracio@ciesas.edu.mx
El trabajo fue, durante muchas décadas, objeto central de la definición de las ciencias sociales. Se le consideró, la forma más trascendental de acción transformadora. Esto fue tan importante que se presumía de conocer cuando se actuaba sobre el mundo y la filosofía de la praxis, era considerada la filosofía principal. Esto se llevó al extremo cuando, a partir de la posguerra, los datos empíricos arrojaron que el trabajo era el eje ordenador de la vida social dentro del Estado de Bienestar en los países centrales, así como en sus réplicas inacabadas del mundo en desarrollo.
Todos los estructuralismos –marxistas o no- tenían en su centro el problema del trabajo, particularmente en la forma de empleo y los sujetos centrales del desarrollo, e incluso de la revolución, fueron los trabajadores organizados en centrales sindicales. Asimismo, las empresas tenían formas integrales de organización que permitieron tal tipo de asociación obrera. El trabajo y sus formas específicas y concretas formaban parte del eje central de la explicación sociológica.
A partir de la década de los setentas el mundo cambia por diversas razones. Para el caso, es importante destacar los avances en el campo de las tecnologías de la información, la biotecnología, así como los nuevos materiales y las nuevas formas de creación de energía. Estos avances toman fuerza por las crisis petroleras de ese momento. Se dio un impacto importante en las posibilidades de la creación productiva, la cual da paso a una explosión de los servicios. La noción de calidad -en suma con la de cantidad- en la producción no deja dudas de que el consumo y los consumidores asumen un papel más activo en la dirección de la producción. La conjugación entre producción y consumo toma forma más que nunca antes. Otro elemento a considerar es que se comienza a gestar una feminización de las laborales productivas; lo cual tendrá repercusiones culturales de enorme trascendencia.
Esta suma de factores permite que los antiguos asideros que justificaban y legitimaban al Estado Social se vieran minados y más aún, fracturados ideológicamente por una idea sencilla pero demoledora, por su facilidad de asimilación: el actor racional. El neoliberalismo fundamentado en las tesis de la elección racional, propuso que los actores toman decisiones a partir de una filosofía individualista del cálculo racional, en donde siempre pretenden obtener el máximo beneficio al mínimo costo. Ante la crisis de legitimidad del socialismo realmente existente y del Estado Benefactor, el desarrollo social sucumbe ideológicamente ante una propuesta que desaparece a la sociedad y se apoya en el mercado. Espacios de interacción en donde los actores actuarían racionalmente bajo condiciones suficientes (y en ocasiones teóricamente completas) de información y capacidad de decisión a libre albedrío.
Para finales de los años ochentas tesis que proponen el fin del trabajo. No solamente descentrándolo como eje de explicación social, sino pretendiendo desaparecerlo como realidad empírica ante la fragilidad del empleo estructural y la pérdida progresiva de poder sindical. Estos hechos reales tendrán resonancia en el mundo de las ideas sociales y políticas. El apego de una buena parte de los principales intelectuales a la defensa del mercado como nuevo eje aglutinador de las –ahora- acciones individuales, que sumando cero llegan a conformar el mundo, ya no la realidad.
Lo último fue posible debido a que la respuesta de otros intelectuales fue el refugio en las tesis posmodernas, que anunciando el fin de las ideologías olvidaban que una ideología muy poderosa, hacía aparición triunfante en la escena, economicistando todo tipo de relación e interacción bajo el sentido de mercado. De esa manera, la emergencia de las tesis neoliberales acompaña a las tesis del fin del trabajo (RIFKIN, 1996, BAUMANN, 1998 y MEDA, 1998).
El descentramiento del mismo, el rechazo del Estado en su figura de interventor en las relaciones de producción, el erguimiento del actor que decide individualmente ante una oferta de posibilidades, la desaparición de las formas de la acción colectiva, basadas en las reivindicaciones materiales (ahora más bien en las culturales) ocultaron dos aspectos fundamentales: que las ideologías nunca desaparecieron, que lo metarrelatos solamente se transfiguraron hacia la figura del individualismo neoliberal en lo económico y neoconservador, en términos culturales y que, en contraparte, el trabajo nunca tuvo fin, sino que apareció un sinfín de trabajos (sin jornadas definidas, ni seguridad social, ni contrataciones clásicas) a partir del desplome del empleo típico (permanente, con seguridad social, con jornada definida, etc.).
Desde las ciencias sociales, la crisis de los llamados paradigmas (marxismo, estructural-funcionalismo, etc.) que acompañó a las tesis del fin del trabajo, tuvo dos respuestas equivocadas. La primera, fue la radicalización de funcionalismo parsoniano, desde la lectura que Luhmann (1994 y 1996) hace de la sociedad contemporánea, donde pretende decirnos, que todos tenemos libertad a partir de una subjetividad impedida de ser intersubjetiva, no tomando en cuenta que hace tiempo ya Rosa Luxemburgo había mencionado que lo importante no es tener libertad, sino la posibilidad de expresar libremente el pensamiento (ACANDA, 2000). Es decir, el concepto sistémico de libertad elimina la posibilidad de la acción, lo cual es insostenible a la luz de las evidencias empíricas, donde los sujetos actúan aunque dentro de márgenes, potencialmente transformables por la acción.
La segunda respuesta provino de la posmodernidad y la para-posmodernidad. Como hemos dicho, en la posmodernidad se hace alegoría del fin de los metarrelatos en las narices de un nuevo gran metarrelato: el mito de la decisión plenamente individual y completamente informada del hombre que obtiene el éxito por sus propios medios. Ante una realidad empírica, donde la existencia de la pobreza mundial permite ver que no hay posibilidad de decisiones individuales, sino que éstas son dadas a partir del tejido relacional y que la información siempre es fragmentada a partir de la existencia de la poli-interpretación como eje de cualquier discurso.
Pero, el discurso sociológico posmoderno ya no es tan importante –en esta discusión- como el discurso para-posmoderno (BAUMAN, 1998, 2004, 2006 y 2007; SENNET, 1994 y 2006) que pretendiendo ser críticos del neoliberalismo y sus consecuencias ideológicas, hacen el juego al mismo, a partir de plantear que lo mejor que pudo haber pasado es la desaparición del estado benefactor y del socialismo, así como que, finalmente, deberemos de adaptarnos a la flexibilidad que permite (nuevamente desde los neoclásicos de la economía) el desarrollo individual y el incremento de la producción, al costo del sacrificio de derechos colectivos.
Ante estas percepciones, la realidad del mundo del trabajo es que éste no ha desaparecido -en ningún momento-, sino que ha hecho una explosión atómica, una destrucción estelar de la figura del empleo en múltiples expresiones, refigurándose en dos formas en discusión teórico-empírica: el trabajo atípico, la precarización de las condiciones laborales y el imperio de la informalidad.
En México se ha dado un crecimiento explosivo de las actividades informales en los últimos diez años como si fuera u ciclo volátil de la economía formal. Para 2006 la población ocupada en este sector, según el Instituto Nacional de Estadística Geografía e Informática, era el 27.06% de la población económicamente activa (PEA). Sin embargo, de acuerdo al Fondo Monetario Internacional, el porcentaje de la PEA ocupada en el sector se ubica entre el 50 y el 60%, entre 21.8 y 26.1 millones de personas. La enorme dimensión de la situación tiene, sin duda, efectos muy amplios en las condiciones de precariedad de los trabajadores de dicho sector, en la productividad del país y en el potencial de crecimiento nacional. Los economistas señalan que sus efectos son múltiples constituyéndolo en uno de los problemas torales en el desarrollo del país y en un reto analítico para la ciencia económica. En este punto, entra nuestro cuestionamiento: ¿Es la informalidad un problema meramente económico? Definitivamente no lo es, si apelamos a una perspectiva crítica de la economía y consideramos que los millones de personas ocupadas en tales actividades económicas generan lazos, relaciones, redes, estructuras y sobre todo, se abrigan la posibilidad de una complejidad abrumadora de culturas y subjetividades, además de la potencialidad y efectividad de una acción colectiva que rebasaría, en caso de activarse de manera masiva, las posibilidades de control del Estado.
Por tanto, el tema de los trabajadores del sector informalidad, que ejecutan un trabajo atípico y en condiciones precarias, muchas veces, es un tema central de la antropología económica y política. Un tema que rebasa los indicadores económicos y que nos perfila la configuración de un sistema de relaciones polarizado entre aquellos que trabajan en las grandes empresas e instituciones con una estabilidad relativamente garantizada, los cuales son pocos, y aquellos, los muchos, que se encuentran en las condiciones de riesgo e incertidumbre económica y jurídica. Pero vámonos más allá: la informalidad no es únicamente un problema económico debido a que se extiende mucho más allá de las reglas entre la oferta y la demanda, sino que existen relaciones informales ante la autoridad y los ordenamientos generales que estructuran a la sociedad. La informalidad conforma una cultura en donde se atraviesa, marcadamente el tema de las clases sociales, la desigualdad y la falta de acceso a los beneficios de la educación.
Ante esta realidad, más que abrigarnos en las falsas esperanzas de la vuelta del Estado benefactor o de una resolución automática de los mecanismos del libre mercado, conviene replantearnos como abordar antropológicamente este problema reconsiderando el tema del trabajo como punto central de la conflictividad y de la creación del futuro.
BIBLIOGRAFIA CITADA
ACANDA, Jorge Luis
2000 "Rosa Luxemburgo y los problemas contemporáneos" en Rosa Luxemburgo: una rosa roja para el siglo XXI, Centro para la Investigación y el Desarrollo de la Cultura Cubana, La Habana, págs. 67-101
BAUMAN, Zygmunt
1998 Trabajo, consumismo y nuevos pobres, Gedisa, Barcelona.
2004 Modernidad líquida, FCE, México.
2006 La sociedad sitiada, FCE, México.
2007 Vida de consumo, FCE, México.
LUHMANN, Niklas
1994 Sistemas sociales. Lineamientos para una teoría general, Anthropos/Universidad Iberoamericana/Universidad Javeriana.
1996 La ciencia de la sociedad. México: Universidad Iberoamericana/Iteso/Anthropos.
MEDA, Dominique
1998 El trabajo. Un valor en extinción, Gedisa, Barcelona.
RIFKIN, Jeremy
1996 El Fin del Trabajo, Editorial Trotta, Madrid.
SENNET, Richard
1994 La corrosión del carácter, Anagrama, Barcelona
2006 La cultura del nuevo capitalismo, Anagrama, Barcelona.